PRESENTACIÓN • LA VIDA SIN MURPHY

Sábado, 25 de noviembre, a las 13:00 h. Manuel Rebollar Barro presenta su libro La vida sin Murphy (Enkuadres). Interviene junto al autor Enrique Bolado.

Librería Gil, plaza de Pombo.

La vida sin Murphy

Manuel Rebollar Barro plantea en este libro que el orden y el caos no son conceptos antagónicos, sino que en realidad son complementarios, de la misma manera que no puede haber blanco sin negro ni maldad sin seres bondadosos. (…) Aquí se plantea al lector una pregunta y un juego: ¿Qué pasaría si se desordena el caos? Y a continuación, de una manera absolutamente brillante, Rebollar Barro mata a Murphy y nos muestra mediante treinta y cinco microrrelatos cómo sería el universo humano de lo cotidiano sin normas ni criterios establecidos. (…)

La Teoría Rebollar Barro nos sumerge en una duda que el lector debe despejar: ¿Todo iría a peor sin unas reglas que ordenen el caos? Es más: ¿Los microrrelatos deben seguir unas reglas o tienen que respirar sin un concierto establecido? Para llevarse la contraria a sí mismo, o no, ahí está la paradoja de este libro que el autor ordena en tres partes y nos va mostrando este peculiar mundo sin orden o con el orden del desconcierto.

Podemos hacernos a la idea de cómo era el universo antes de que Rebollar Barro matase a Murphy mediante diez hiperbreves que actúan a modo de fórmula vital o de cuenta atrás. Y al acabar este tratado del caos, este manual del desorden paradójico ilustrado de manera magistral por Ina Hristova, comprobaremos mediante otros diez enunciados qué es lo que quedaría de ese universo tan peculiar en el que los gatos han invadido estas páginas para estrellarse contra el suelo al caer de una mesa con una tostada atada en lo alto de su lomo.

Manuel Rebollar Barro

Nació en Écija, la sartén de Andalucía, allá por 1971. Conocedor de las altas temperaturas que por esas tierras detienen a los circunspectos termómetros, lo hizo en febrero –“sudaré, sí, pero cuando sepa de qué va esto de la vida”, dicen que dijo–. Quiso ser dibujante, pero sus pinturas solo podían competir con las de Altamira –maldito mundo tridimensional–. Así que, al ver lo bien que le salían las letras, comenzó con “mi mamá me mima” y desde entonces no ha dejado de dibujar ni un solo día el alfabeto.

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